Menu

Reflexiones sobre el 2014: El relato profético de Mujámmad, mi árbol y las relaciones en tiempos de hiperconectividad

Por segundo año en mi vida me he tomado muy en serio el refrán: Plantar un árbol, tener un hijo y escribir un libro.

El primero fue el 2011, tras enviar la última versión de mi libro ¨El día que Ashton me twitteó¨ a mi editor, Santi Sobrequés, me iba directo al hospital a dar a luz a mi preciosa hija Anna. 

Los que me habéis podido acompañar el pasado 16 de octubre, presenciasteis el primer nacimiento del año, durante la fiesta de publicación de ¨Esperando a Mr. Big¨. Un momento muy dulce, aunque apenas tuve tiempo de saborear uno de los deliciosos cupcakes, ni siquiera oler una copa de champagne dado mi avanzado embarazo. Entre bambalinas, tampoco podía atarme los zapatos :); y antes de salir, la comunicadora Mónica Fernández, me ayudó a solventar el inconveniente entre risas y asombro – ya que no había renunciado a mis 10 cms de tacones.

Así que recuerdo subir lentamente las escaleras que me llevaban a la mesa de presentación, preparada por el fantástico equipo del exclusivo Elephant restaurant and lounge club. Aunque en aquél momento sólo me preocupaba mantener un constante diálogo con mi hijo, diciéndole: bebé aguanta un par de semanas más… no me gustaría tener a 250 espectadores en tu parto… Hago un rápido barrido entre todos los asistentes y me reconforta ver el rostro de mi ginecóloga, la Dra Eva Meler. Si Guillermo 4.0 decidiera participar en la fiesta, seguro que ella sabría qué hacer. Respiro aliviada, 15 minutos de discurso, risas, tres horas de fotos con los invitados y recuerdos para toda una vida.

Llegan las campañas de navidad en BlaNZ, los días frenéticos entre e-mails, llamadas y pañales, mientras mi hija Anna se entretiene maquillándome como si fuese a protagonizar Monstruos S.A, lleva una semana en casa con bronquitis. Es cuando me doy cuenta de que por segunda vez, no he tenido tiempo de plantar el árbol… quizás inconscientemente tenga miedo de cumplir todas las premisas del refrán y que no me quede nada más por hacer, pero este miedo se esfuma y de vuelta a la realidad recuerdo que hay que vender los libros, educar a mis hijos y luego, podar los árboles una vez consiga plantarlos.

Dejo estas reflexiones a medias por unos días, hasta que desde el hospital Dexeus, hoy, 25 de diciembre las puedo finalizar. Mi hijo recién nacido de un mes y quince días, lleva 3 noches ingresado por una bronquiolitis, afortunadamente hoy ya se encuentra estable y probablemente el sábado ya volvamos a casa. Me reconforta recibir los vídeos que me envían mi marido y familiares con mensajes afectuosos, mientras veo en la pantalla de mi teléfono a mi hija brincar fascinada entre los regalos que le ha traído papa Noel. Siento cada uno de los besos que me envía al aire tras narrarme entusiasmada los detalles de la mágica noche. Gracias a las nuevas tecnologías, siento más cerca que nunca las relaciones familiares a distancia. Papa Noel vino en persona a entregarle sus regalos, lo escuchó detrás de la puerta, mientras pronunciaba su nombre y ella observaba atónita un montón de luces (¡Gracias Santa App!)

Otra interrupción, esta vez la mejor de todas: mi marido entra por la puerta de la habitación a traerme el pato de la cena de noche buena, el cual saboreo como una neandertal, ya que los cubiertos de plástico no ayudan mucho. –¡Hombre Rafi! Te voy hacer una foto, me dice entre risas… Pasamos quince minutos estirados en el sofá y él se marcha a la comida de navidad con nuestra pequeña, los abuelos y las tietas que me han enviado varios regalitos.

Intento volver a centrarme en mis reflexiones del 2014, quería buscar en Internet el significado exacto del pasaje del título del post; pero tengo mucho sueño y Guille 4.0 ya hace muecas de que en menos de 5 minutos le tocará comer… Así que pongo lo que recuerdo vagamente:

El refrán: Plantar un árbol, tener un hijo y escribir un libro, viene de un relato profético de mujámmad – el mensajero del islam.

El libro: significa el conocimiento que hemos compartido y trasladado a los demás tras investigar o reflexionar. Siempre y cuando sea positivo y les ayude a mejorar.

El árbol: son las semillas que plantamos y que permiten a través de sus frutos beneficiar al prójimo, una obra de caridad, la donación para la construcción de un hospital, la limosna por una causa. Son las obras que se quedarán en la tierra cuando marchemos y que nos ayudarán a sumar puntos en la carrera por entrar en el cielo.

Y finalmente, el hijo: Miro a mi pequeño que duerme plácidamente en la cuna del hospital y suspiro profundamente. Mozart resuena por toda la habitación, creo que la teoría de sus efectos beneficiosos y relajantes en los bebés es sin duda cierta, pero bueno, esto sería otro post… quizás el que escriba el año que viene.

Centrémonos en el hijo, que aparte de enseñarnos, según mi opinión, a amar a alguien incondicionalmente, pero al mismo tiempo sufrir hasta el infinito por él, es el ser que según el mensajero del Islam, se acordará de sus padres tras su muerte y hará un oración por sus almas. 

Me hubiera encantado compartir una foto en la montaña, al más estilo campestre/navideño, con mis retoños plantando alegremente el dichoso árbol, pero vistas las circunstancias, quizás lo consiga el 2015… Sin embargo, comparto una foto de una flor que mi hija había puesto dentro del pijama de su hermano, antes de que saliéramos hacia el hospital. Al hacerle el primer cambio de pañal, la encontré dentro de su body interior. Lo sé, es demasiado…

Os deseo felices fiestas y que todos tengamos los corazones llenos de agradecimiento, a pesar de cualquier circunstancia.

Un fuerte abrazo,

Rafaela

PD: Os recuerdo que tengo que pagar muchos pañales y si me queréis ayudar podéis regalar mis libros estas navidades :). Nada como recurrir al espirito navideño para conseguir una venta impulsiva ;)